Real de Catorce: el alma del desierto

Por Kiev MurilloReal del Catorce

Nos encontrábamos indecisos respecto al rumbo que tomarían nuestras vacaciones. Tres de nosotros proponían ir a las playas michoacanas,  los tres restantes queríamos visitar Real de Catorce. Finalmente, las circunstancias hicieron que tomáramos la carretera hacia San Luis Potosí para vivir uno de nuestros viajes más memorables.

Después de conducir seis horas llegamos a Matehuala y poco después nos encontrábamos frente a la entrada del túnel Ogarrio, que, como si se tratase de un portal para viajar en el tiempo, nos condujo hasta el corazón de Real de Catorce.

La atmósfera que se respira en este antiguo pueblo minero es una mezcla de nostalgia y misticismo, ya que se encuentra muy cerca de los principales lugares sagrados de la cultura huichol. Si a lo anterior  se le suma la arquitectura de Real de Catorce, caracterizada por antiguas construcciones de cantera que se han erosionado y derruido por el abandono y el paso del tiempo, el cúmulo de sensaciones es indescriptible, más aun teniendo como marco la impresionante vista del desierto en el horizonte.

Decidimos pasar la primera noche en un hotel llamado El Rincón Mágico, la atención fue excepcional y lo mejor fue la panorámica que se tiene desde su balcón principal, desde donde podíamos observar lo que nos deparaba el siguiente día, cuando decidimos tomar un Willy , como se le conoce localmente al transporte que lleva a los turistas a visitar la zona donde comienza el desierto.

Habíamos recibido comentarios fantásticos sobre la experiencia de acampar en el desierto potosino, pero aquello simplemente supero nuestras expectativas. Anocheció y ya teníamos montado el campamento y la fogata, la noche helaba pero la vista descomunal de la bóveda celeste recompensaba con creces el clima extremo.

A medida que se consumía el fuego escuchamos unos pasos acercándose al campamento entre la oscuridad; la mezcla de miedo y adrenalina se dejaba sentir. De pronto apareció frente a nosotros un hombre de unos 50 años, vestido con un pantalón militar, gorra y bigote. Nos saludó cortésmente y enseguida nos pidió un cigarro. Se presentó como Don Luis o el Jefe del Desierto, así le gustaba que lo llamaran y había vivido la mayor parte de su vida en aquel territorio inhóspito con su familia.

Por las noches solía detectar la luminosidad de las fogatas a la distancia y se acercaba para convivir con los turistas y contarles historias de su vida en Real de Catorce. Aquella noche así fue, Don Luis nos narró historias de “gente que no es gente”, así bautizó a los extraños seres que solía ver de vez en cuando visitando el desierto, también nos contó cómo se comunican los coyotes cuando hace frio y las técnicas para sobrevivir en condiciones extremas.

Pasaron las horas y Don Luis se retiró tal como llego, en medio de la noche, no son sin antes hacernos la invitación para volver algún día. Le preguntamos cómo podríamos contactarlo de nuevo y sólo respondió que nos preocupáramos, porque él se encargaría de encontrarnos otra vez.

La velada seguía su curso y quisimos adentrarnos en la oscuridad del desierto para ver mejor las estrellas. La recompensa no tardo en llegar, una impresionante estrella fugaz apareció iluminando el cielo y al mismo tiempo dibujando un camino de luz sobre el desierto.

Nos mantuvimos despiertos hasta que amaneció, vimos el alba del desierto, los coyotes dejaron de aullar, el frio disminuía y la silueta de los cactus se veía en el horizonte anunciando la salida del sol.

Levantamos el campamento y regresamos al pueblo de Real de Catorce, debíamos preparar el regreso con la promesa de volver.

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