Viaje al santuario de las luciérnagas

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Hace algunos meses, mientras buscaba información sobre el santuario de la mariposa Monarca en Michoacán, me encontré con un cartel promocional de otro santuario que jamás me hubiera imaginado que existía en México, el santuario de la luciérnaga en Nanacamilpa, Tlaxcala. Así como las mariposas Monarca pintan de naranja los bosques michoacanos durante el invierno, las luciérnagas hacen lo propio con su luminosidad en los bosques tlaxcaltecas durante el verano, entre los meses de julio y agosto, cuando encuentran un clima propicio para su reproducción.

Siempre me he sentido atraído por los lugares donde la naturaleza nos da la oportunidad de contemplarla en todo su esplendor y el simple hecho de imaginarme en medio de  aquellos bosques repletos de luces intermitentes me estremeció; afortunadamente, junio apenas comenzaba, lo que me daba el tiempo justo para organizarme y marcar la ruta de viaje a Tlaxcala.

Al llegar a Nanacamilpa me hospedé en las cabañas del centro eco turístico Villas del Bosque Santa Clara, lo cual resultó una buena opción, ya que además de ofrecer recorridos guiados al santuario de la luciérnaga, cuentan con un criadero de venados donde te dan la oportunidad de alimentarlos y conocer más sobre su cuidado y preservación.

Aunque la emoción por visitar los bosques repletos de luciérnagas era grande, aún faltaban varias horas para que anocheciera, así que decidí dar un paseo para conocer el pueblo de Nanacamilpa donde me llevé una grata sorpresa visitando sus ex haciendas y templos del siglo XVI.  Se dice que Nanacamilpa fue uno de los principales productores y proveedores de pulque para la Ciudad de México, así que sin pensármelo, durante la hora de la comida ordené al mesero un buen pulque curado acompañado de unos deliciosos mixiotes de carnero.

Finalmente anocheció y llegó el momento esperado para ponerse en marcha al santuario de la luciérnaga. Se nos asignó un guía que nos condujo entre el bosque, no sin antes darnos algunas recomendaciones para no perturbar a las luciérnagas, puesto que son muy sensibles al ruido y cualquier fuente de luz artificial.

Caminamos durante 10 minutos por un sendero que nos condujo hasta el santuario donde presenciamos un evento descomunal: centenares de luciérnagas se encendían realizando una danza luminosa que nos dejó atónitos. Era como si aquella escena perteneciera a un cuento de hadas y bosques encantados. Nos mantuvimos en silencio durante un buen rato observando el espectáculo de las luciérnagas que no dejaba de maravillarnos y, aunque  la mayoría del grupo deseaba quedarse más tiempo, era hora de volver a las cabañas y el guía comenzó a marcarnos el camino de regreso.

Sin duda, esa noche fue una de las más memorables de todos mis viajes y no queda más que estar agradecido con la naturaleza por tener la oportunidad de presenciar acontecimientos tan estremecedores como la danza de las luciérnagas.

Por Kiev Murillo

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